Imraldir desmontó de su caballo y a su lado el capitán de los batallones de caballeros hizo lo mismo. Avanzaron hacia la escalinata blanca que llevaba a las puertas de la muralla delgada que rodeaba el palacio. Allí fueron recibidos por los miembros del Consejo, algunos con alegría de ver al capitán de la guardia de Kirni vivo, otros con alegría de ver al Sir Imraldir y otros con caras que expresaban odio y preocupación. Los hombres que no sentían tranquilidad ni alegría por la llegada de Imraldir con los supervivientes de la guardia de la provincia noreste eran los que tanto despreciaba el capitán de la guardia de aquella provincia, los miembros del consejo que seguían e idolatraban al Canciller.
-Saludos- entonó entonces el Canciller con una voz que mostraba cierto desprecio y poderío- Sir Imraldir, es grata la sorpresa que recibimos al enterarnos que la guarnición que se mandó a Kirni fue arrasada por un contingente enemigo y vos os encargasteis de eliminar dicha amenaza.
Las palabras del Canciller estaban cargadas de ironía y de rencor hacia el soldado. Era cierto que se alegraba de que Imraldir hubiese desestimado las órdenes de ir a la frontera de Imkel pero, esa alegría quedaba teñida de un negro rencor ya que había sido él mismo el que denegó la proposición de Imraldir de enviar a su batallón o a más tropas para guarnecer la provincia del norte.
-Saludos Canciller- respondió Imraldir sin añadir nada más.
-Ha sido convocada una reunión del consejo en la que tanto vos, Sir Imraldir de Ettan, como vos, capitán Erling de Kaën, son convocados- dijo con una maliciosa sonrisa en los labios el Canciller.
Los miembros del consejo entonces flanquearon la puerta en dirección a palacio. Tras ellos el capitán que había perdido la batalla avanzó con paso dudoso e Imraldir lo acompañaba a su lado sin temor alguno pero con preocupación.
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