Ahí, en la antesala de los aposentos de ese desdichado ser condenado a condenar. En ese lugar no hay puerta por la que entrar, no hay ventanas para permitir que la luz penetre, no hay antorchas ni ninguna otra obertura que no sea la de la puerta a los aposentos de Ella pero hay luz. Esa luz negra, luz que ensombrece pero que deja ver, una luz tan dolorosa como el sufrir sin estar destinado aún a morir.
Ésa es la antesala de la guarida de la Muerte.
Cuando abres la puerta te encuentras ante una sala del trono digna del más grande de entre los reyes de los mortales. La sala tiene forma rectangular, está dividida en tres naves coronadas con bóvedas de cañón. Las bóvedas reposan sobre pilastras de roca plateada que forman un pasillo hacia el fondo de la gran sala. Las paredes están decoradas con telas más finas y delicadas que la piel de la princesa más pura del mundo. Dichas telas son negras, un negro que no absorbe la luz, la destruye, y están sujetas a las paredes por grandes sujeciones de plata y oro.
Hacia la mitad de la sala dos puertas se abren a diestra y siniestra, en las paredes de las bóvedas laterales. Son puertas sencillas, sin decoraciones, son únicamente tableros de madera pulida y con un brillo negro y mortal. La puerta que se extiende en la bóveda izquierda lleva a un lugar donde están escritos los inicios y los finales de todas y cada una de las vidas del mundo. Esa sala es tan grande como el propio mundo y tan repleta de datos que ningún ser sería capaz de entender más de dos palabras seguidas.
La puerta de la bóveda derecha lleva a un lugar donde se guarda el tiempo, la mayor arma de Ella. En esa sala los flujos del tiempo se solidifican, no importa lo que sea el tiempo, ya sea algo que realmente existe, o sea la forma de ver el mundo de ojos de los mortales, en esa sala el tiempo es tan tangible como podría serlo una espada que te corta el gaznate. Existe, tú sabes que existe, pero no puedes decir porque, no puedes estar seguro de ello.
Continuando por la sala principal, sin abandonar la bóveda central, llegas a una pequeña escalinata de siete escalones. En lo alto del último escalón un trono descansa bajo el peso de Ella. El trono es negro y sencillo, una silla indigna de tan elevado ser, pero es lo que debe ser. Sobre el trono descansa Ella, cubierta de mantos negros que no dejan ver ni su rostro ni su cuerpo, bien se podría confundir con un grupo de mantos negros que están colocados de forma que se parezcan a un hombre. Sin embargo, de las mangas de las túnicas de dolor, salen dos manos cubiertas por poderosos guantes de acero. Los guantes se amoldan a la mano como si fueran la piel de Ella dejando ver que más que manos, lo que cubren son garras con cinco finos dedos.
En la mano derecha Ella aguanta la mayor de sus armas, un reloj de arena donde la arena se mueve a voluntad propia. El reloj se alza sobre la palma de la mano de Ella mientras la arena negra dibuja trayectorias inciertas pasando de la parte inferior a la superior del reloj sin sentido alguno. En la mano izquierda Ella porta la segadora de almas, la desgarravidas, la hoja de la muerte, el mayor temor de los vivos; en la mano izquierda lleva la gran guadaña con el mango repleto de almas encerradas y petrificadas que dan forma macabra a esa segadora legendaria.
-Entonces… ¿estoy muerto? ¿No me he salvado?
Como contestación un hálito helado surgió de la negra sombra que ocupaba el lugar de la cabeza bajo aquellos mantos.
-Pero… ¡No me tocaron! ¡Me salvé! ¡Huí!
Ella alzó la mano derecha, el reloj del tiempo se elevó en el aire como por arte de magia y ella apuntó lentamente su dedo índice hacia él.
El hombre e giró hacia atrás y observó como por donde había pasado un reguero de los cadáveres de sus amigos y familiares teñía la sala de rojo. Tripas y miembros apuntados se extendían por doquier. El hombre no lo aguantó y vomitó tan profundamente que el sabor de la sangre se mezcló con el vómito.
-Están todos muertos por mi culpa. Solo yo debí morir, ¿Por qué han muerto? ¡Llevate mi vida, pero devuélveles la suya! ¡Tú no tienes derecho a decidir quién ha de morir y quien debe vivir!
La guadaña atravesó el pecho del hombre y le arrancó el último suspiro. Había sido condenado a un alma enjaulada en comunión con el arma que lo acababa de matar. Su alma no encontraría nunca descanso.
La muerte se había llevado la vida de aquel hombre y como era justo, debía devolver la vida a los que había matado por culpa de las acciones de aquel hombre. No lo hizo.
Ella es caprichosa.
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