Humanos... Sois tan insignificantes.
Desde mi castillo os observo en vuestras monótonas vidas
vacías. Sois efímeros, piezas de un puzle que nunca comprenderéis. Habéis
perdido el afán por crecer, por sentiros dioses, por sentir realmente. Me decepcionáis
continuamente.
No hablo de vuestros males autoimpuestos por el fantasma de
la sociedad, hablo de vosotros, individuos con capacidad para decidir que sois
guiados hacia un matadero de personas. Os transformáis en aquello que os hacen
transformaros, pensáis aquello que dicen que penséis, lloráis por aquello que os
hacen llorar. No decidís, y cuando alguien decide, como perros obedientes os
alzáis en “vuestro” nombre proclamando las insignias de ese loco infrahumano.
De nada sirven las lecciones, ni los consejos, ni haceros
entrar en razón. Ya que vivís en un mundo tan sumamente simple, hagámoslo todo
simple, a vuestro modo. Le prenderemos fuego al mundo con vosotros dentro.
Arderéis y os convertiréis en cenizas, de las que saldrán brotes verdes. Se
quemará vuestro mundo y vosotros seréis el combustible que extienda mi llama.
No temáis, ya que el temor es el afán de supervivencia, pues
no la tenéis escapatoria posible. El juicio ha concluido y os espera la pena
capital. Bienvenidos aquellos que tomen el castigo con los brazos abiertos,
pues el fuego los consumirá mientras ríen en su locura, y bienvenidos los que
entre gritos y lamentos arden pasto de mis llamas.
Hoy os observo como otro día, mientras busco el mechero, que
tras encender mi próximo cigarro prenda fuego a vuestra miserable existencia.
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